10% de AFP: La promulgación de la derrota y la abdicación del poder

10% de AFP: La promulgación de la derrota y la abdicación del poder

La desconexión de Piñera con la realidad del país es tan grande que logró que la realidad superara las normas, no saltándoselas, sino que cumpliéndolas, con antes inalcanzables dos tercios. Para ello se desfondó su propia red de apoyo. Le dieron la espalda sus propios diputados y senadores. Lo retaron en vivo por televisión sus defensores más férreos, dando votos para el cumplimiento de quórums que jamás hubiéramos pensado se iban a cumplir. Cada vez que Piñera y sus ministros políticos actuaron para buscar adherentes, más votos se le vinieron en contra.

La promulgación del proyecto del 10%, anunciada vía comunicado de prensa por el gobierno, es la imagen más patética que recuerde la política chilena desde el retorno a la democracia. Es el reconocimiento de una derrota de dimensión desconocida, que se trata de presentar al país como un acto de solidaridad, cuando cada uno de los chilenos fue testigo del esfuerzo descarnado por romper el corazón de una legislación que jamás quisieron.

Nunca quisieron entregar el diez por ciento, hicieron lobby frenético llamando a parlamentarios para que cambiaran el voto, en la UDI llevaron al tribunal de disciplina a sus díscolos, amenazaron con una tempestad sobre nuestra economía en los diarios del domingo, para finalmente, desarmados, desnudos frente a su incapacidad, mirando en el espejo su derrota, decir que se promulga por la «intención y voluntad» de agilizar el retiro del dinero. 

Así, la promulgación de Piñera más que hablar de su capacidad y voluntad, expresa precisamente todo lo contrario. Si Piñera se para frente a un micrófono para decir palabras bonitas y sentidas, y luego tomar un lápiz y firmar una ley, es por su plena incapacidad y contra toda su voluntad. Asistimos, como sociedad política, a la ceremonia más triste y lamentable a la que se puede enfrentar un Presidente: la ceremonia de fingir una sonrisa, al alzar una carpeta, para sostener frente al público la victoria de sus adversarios. El trofeo que firma y levanta Piñera no le pertenece, pues nunca lo quiso, y trabajó afanosamente para que jamás viera la la luz. Pero ahí lo vemos, patético, en un acto inverosímil, ofreciendo a sus gobernados el tesoro que jamás quiso abrir. 

Es aquí cuando la ciudadanía comprende que frente al televisor tiene a un Presidente que ya no conduce a su país. Un mandatario que es tan débil, que ya ni siquiera conduce a su propia coalición de gobierno. Tanto así, que en la votación de la Cámara que buscaba vetar la Ley del corte de servicios básicos, apenas logró conquistar unos cuantos votos detrás de su poder. Lo que asoma, entonces, es la realidad más sensible, la de un país que hoy no tiene gobierno en el sentido más político del término. No está gobernando Piñera. Lo hace el Parlamento, y no por rebelión ni desobediencia a las reglas y normas.

La desconexión de Piñera con la realidad del país es tan grande que logró que la realidad superara las normas, no saltándoselas, sino que cumpliéndolas, con antes inalcanzables dos tercios. Para ello se desfondó su propia red de apoyo. Le dieron la espalda sus propios diputados y senadores. Lo retaron en vivo por televisión sus defensores más férreos, dando votos para el cumplimiento de quórums que jamás hubiéramos pensado se iban a cumplir. Cada vez que Piñera y sus ministros políticos actuaron para buscar adherentes, más votos se le vinieron en contra.

Piñera, quien siempre se negó a ver la realidad, a aceptar que sus paquetes económicos eran insuficientes y engorrosos, ha logrado que se quiebren las lógicas de la Constitución creada para la protección de su sector político y su ideología. Es curioso, pero Piñera -el ícono de la ideología neoliberal, del ciudadano consumidor y exitoso en el Chile pujante-, pasará a la historia como el obligado a promulgar, hundiéndose en la arena de la más contundente derrota, una reforma constitucional que atenta contra el corazón de sus ideas, y eso es, sin dudas, lo que más le duele. Por eso su porfía, por eso su desconexión siempre creciente. Por eso su desgarro. Pero a Piñera lo superó el tiempo que le tocó vivir, el debilitamiento de la era de la rigidez. El hambre, la crisis, la pobreza, la cesantía pudieron más. Y en eso su capacidad política se esfumó. Quedó atrapado en la protección de intereses mezquinos, mientras el mundo y su verdad le pasaron por encima. 

Estamos viviendo un momento que difícilmente olvidaremos en nuestras vidas. El año de la pandemia, que desde lo político recordaremos con rostros y palabras. Con Allamand, tratando un ansiado posnatal de huevadas. Con Jacqueline, y su anuncio de ir al Tribunal Constitucional por el 10%, que luego se tuvo que guardar. Con Briones y Blumel vendiendo créditos y deudas, que nadie quiso aceptar, con tal de detener el deseo popular.

Y con un Presidente anclado, con porfía y extravío, en un trono de poder que se comienza a ver decorativo. Una actuación de Presidente, incapaz de liderar, un jefe devenido en administrativo que firma lo que otro poder del Estado resuelve en su lugar. Faltan veinte meses para que Piñera deje el poder. Pero con su promulgación forzada del 10%, no sólo acepta la derrota en su defensa de las AFP; asume una suerte de abdicación simbólica de poder. Piñera hoy, frente a Chile, deja de inspirar gobernanza. Las decisiones clave de la República no las toma él, pues en la distancia, con un pueblo cesante que a través de sus ministros dijo no conocer, entregó la pelota, quedándose en la comodidad de una trinchera muerta ¿Cómo llegaremos a marzo de 2021? no lo sé, pero en lugar de Presidente y un programa, hoy tenemos a un promulgador a la suerte de las circunstancias. Un presidente de papel, que en cualquier momento se quema, en un mundo que ya se cayó a pedazos.

Sobre el Autor

Richard Sandoval

Periodista y escritor.

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